Una memoria personal

Haz que

valga la pena

José "Cheto" Aldama
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Capítulo 1 de 12
I

La máquina blanca

Donde todo empezó

Todo comenzó de niño, muy joven, cuando mi papá nos compró una computadora blanca. Monitor grande y pesado, Windows 98. Recuerdo que se instalaban software y servicios por disquete.

Desde ese entonces comenzó mi gran admiración por ese equipo. Solía pasar horas viendo cómo mi papá lo usaba, escuchaba música, y yo miraba el reproductor como un fuego de colores que incendiaba mi curiosidad.

Y así, mi pequeña infancia transcurrió curiosiando aquel equipo. Podía durar horas frente a las animaciones psicodélicas del reproductor de música, o hipnotizado por los protectores de pantalla —el laberinto, los tubos—.


Probé juegos que jamás entendí, como Mordor (Mordor: The Depths of Dejenol, 1998), un caos sin lógica para mis once años; aún de adulto, al recordarlo, ni siquiera me llega una pizca de su entendimiento.

Me entretenía con uno de acertijos y crímenes en un inglés que no dominaba. Umí el mundo de las letras. Podía durar horas jugándolo, así como escuchar historias de Rafael Pombo interactivas con un programa que compró mi papá, y el videojuego de Alfa y Beto.

Pero mi fascinación no eran solo los videojuegos. Mi fascinación era la máquina.

Capítulo 2 de 12
II

La curiosidad infinita

Encarta y un hermano

Con Encarta descubrí que la PC no era solo para jugar: era una ventana al conocimiento. Pasaba horas leyendo, aprendiendo, simplemente por el hecho de habitar ese mundo mágico.

Todos los CD que caían en mis manos los exploraba: antivirus, software, Windows Office. Internet llegó después. Antes de eso, la computadora era juego, música y Encarta.

Y también conexión con mi hermano, con quien jugaba juegos o nos turnábamos. Los videojuegos siempre nos han conectado, hasta el día de hoy. Nuestros mejores momentos han sido jugando juntos.


Con el tiempo mi interacción con el ordenador fue tanta que recuerdo solía decir mucho que iba a casarme con una computadora. No era un capricho infantil cualquiera: era la certeza de haber encontrado en una máquina un universo entero, un lugar donde el tiempo se curvaba y todo podía ser descubierto.

"Un lugar donde el tiempo se curvaba y todo podía ser descubierto."

Solía visitar a mi familia en Coro. Mis padres nos llevaban; ese momento para mí era una desconexión de la computadora. Allí solíamos hacer una vida bastante distinta, era como una especie de vacaciones digitales: la vida era deporte y calle.

Solía deprimirme un poco, porque separarme de la PC era perder mi círculo constante de confort y de averiguación.

Capítulo 3 de 12
III

La portátil y los mundos abiertos

Prince of Persia y los bugs

Con el tiempo mi papá compró una laptop a casa y, como a cualquiera, me atravesó la emoción. Ya no dependía de estar en un solo lugar, podría acompañarme casi a todos los lugares. Instalé todos los juegos que cupieron.

Mi favorito fue Prince of Persia: Las Arenas del Tiempo, aunque una amiga de mi mamá juró que aquello era jugar con el demonio —y la portada, hay que decirlo, no ayudaba mucho—.

Aprendí a jugar póker, entre otras cosas. Cada momento era un descubrimiento nuevo. Con el tiempo, aprendimos a buscar hasta bugs en los videojuegos y aprovecharnos de ellos.

Capítulo 4 de 12
IV

Internet y el primer hackeo

Cuando entendí el lado del servidor

Cuando el internet finalmente apareció, todo mutó. Era entrar a un mundo nuevo, lleno de información. Buscaba juegos de DOS, sí, pero también conocí comunidades enteras —recuerdo una en Margarita, estando yo en Punto Fijo, donde hablábamos de la vida mientras todas las noches usábamos Ares para descargar—.

Y los juegos me presentaron la posibilidad de hackear. Mi primer hackeo fue a Pet Society, un juego de mascotas virtuales. Con Cheat Engine descubrí que podías alterar la memoria del programa, y el servidor parecía hacer una validación con la información del usuario, así que mantenía los puntos que le colocabas.

De repente, tenía palacios sin haber durado horas bañando a una sola mascota.


DarkOrbit vino después y fue otra historia. Intenté hackearlo una y mil veces, pero entendí por fin lo que era la validación del lado del servidor. No se podía engañar.

Ahí, sin darme cuenta, ya estaba aprendiendo cómo funcionaban de verdad los sistemas.
Capítulo 5 de 12
V

El amor platónico

Bitcoin, Carlos y un primer clic

En ese entonces, para mí la computación no era dinero. Era puro amor platónico por una tecnología.

Mi papá, con una creencia de que el dinero es malo, y de que había que disfrutar la vida, la familia, las reuniones, no nos inculcó un valor sobre la importancia de ese recurso, ni tanto su utilidad. Puedo entender que eso, gran parte de mi vida infantil, provocó una disociación de cómo funcionaba el mundo financiero, el dinero, y sobre todo de que el internet no era un lugar de ganancia monetaria.

Recuerdo que llegué a conocer Bitcoin muy temprano. Como muchos, leí el whitepaper, vi sus gráficas que prometían fortunas en diez años y, como casi todos, no creí en aquel genio matemático anónimo.


Pero el verdadero clic llegó con Carlos Martínez. Mi hermano me habló de él: estudiaba informática y le iba muy bien. Por primera vez vi a alguien que ganaba dinero con algo más que formatear computadoras o crear sitios web sencillos —algo que para mí era ya instintivo y natural—.

Carlos me inspiró a aprender a programar en serio. Me metí en una página de cursos gratis y empecé a dominar WordPress y la construcción de sitios como quien descubre un nuevo idioma.

Capítulo 6 de 12
VI

La crisis del país

Apagones, captchas y caminatas

Mi vida continuó transcurriendo entre videojuegos, mi familia y un gran aprendizaje de consumir contenido. Siempre tenía conocimiento de muchas cosas, constantemente estaba investigando, leyendo y comprendiendo. Hasta que entonces llegó la crisis y casi lo arranca todo.

Mi país se apagó en cortes de luz infinitos, en colas de madrugada por comida, en la incertidumbre feroz de no tener lo básico. Aprovechaba cada ranura de conexión a internet para seguir aprendiendo.

Pagamos un dineral a un señor que instalaba internet en las casas de la forma más pirata y menos profesional posible, internet que tan solo duró unos cuantos meses.


La primera vez que gané dinero por internet fue rellenando captchas y aplicaciones de ese tipo. En la crisis del país no había dinero para comprar comida; pasábamos meses fuertes donde lo mejor que hacíamos era comprar pocas cosas y aguantar comer mal, no completo, o incluso acostarse sin comer. Intentaba siempre que podía ganar algo de dinero mientras estudiaba mis carreras.

Me inscribí a estudiar Ingeniería Civil y, con el tiempo, también Comunicación Social en otra universidad. Ambos lugares de estudio quedaban a horas en transporte público de distancia. Mucho de mi tiempo se iba en transporte: llegaba a mi casa y trabajaba por internet.

Con el tiempo, mi forma de generar dinero por internet fue mejorando, hasta que conocí una empresa llamada Atexto: mi función era transcribir audios en español (distintos acentos del español) a texto. Me dio una mejor estabilidad y lograba generar más dinero, que gastábamos en comida del hogar. No era mucho, pero en momentos de austeridad, todo suma.

Capítulo 7 de 12
VII

Ramphy

Una oración y una cola

A medida que mi conocimiento mejoraba, mi tío —un gran hombre dedicado al ámbito de la soldadura— nos ayudó en uno de los momentos más difíciles. Se vino a trabajar a Punto Fijo para un cliente.

Su cliente era una persona muy particular: Ramphy Rojas, un pastor de iglesia con excepcionales habilidades informáticas, la persona que más me introdujo al mundo de la tecnología y a su capacidad de generar valor a las personas, negocios y empresas. Mucho antes de que fuera un boom, mucho antes de que todo el mundo quisiera ser programador o vivir de la tecnología.


No sé cómo pasó, ni cómo ocurrió. Mi tío me hablaba mucho de él, y eso encendía cada vez más mi curiosidad.

Un día, como destino de Dios, recuerdo que oré. Oré mucho por una oportunidad. Recuerdo que oré no solo por la oportunidad de conocerlo, sino por la oportunidad de que me brindase su conocimiento y poder entender cómo ganar dinero como él. Mi familia lo necesitaba, mis sueños lo necesitaban, y algo me decía que él era la persona que podía guiarme.

Y como por magia del destino, sucedió. Al día siguiente me levanté y fui en la mañana para la universidad. Pasada la tarde, tenía que ir a mi otro centro de estudio. Casualmente, y por obra de Dios, quien me dio la cola que solía hacer todos los días para no tener que caminar 30 minutos para salir de mi urbanización fue él, con su esposa Luiginna.

Me hizo una pregunta sobre qué estaba estudiando, hosting, y si tenía tiempo para ver si podría apoyarlo con su trabajo, que pasara en la noche. Por supuesto, dije que sí.

"Como por magia del destino, sucedió."
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VIII

HostingSSI

Tickets, errores y aprendizaje

Desde ese momento comenzó mi vida hacia un aprendizaje bastante completo en sistemas informáticos. Recuerdo que comencé con acceso al sistema de gestión de hosting; mi trabajo era hacer soporte técnico.

La oportunidad me la dio Ramphy Rojas, el dueño de la empresa. A él y a su familia les debo más que un primer trabajo: el trato cálido, la paciencia y la confianza con la que me recibieron abrieron la puerta a todo lo que vino después en este mundo de la informática. Aprendí mucho de su mano —y aún hoy, con el tiempo, sigo agradeciéndolo.

Estaba súper encantado de ir aprendiendo y descubriendo cómo funcionaba la empresa, ver los errores comunes, los tickets de atención. En el día a día, quienes más me enseñaron fueron Manuel Zerpa y un tal Luis.

Cada mañana, los tickets eran de mi vital atención. Como una persona aún no contaminada por las redes sociales, y con la atención al máximo, la tarea de responder la mayor cantidad de tickets y aprender a hacerlo de forma rápida y completa era algo que me motivaba.


Aprendí cómo eran los precios, descuentos, dominios, TLD, tipos de dominios, DNS, certificados, páginas web, distintos tipos de productos, VPS, Proxmox, entre otros. Solía responder, recuerdo, entre 20 y 50 tickets al día, sumando atención por chat —que me fue dado después— y, por último, atención por llamada.

Con el tiempo me familiaricé mucho en la detección de errores, desde los más comunes a los más complejos: errores de caché, errores de dominios (DNS, vencimientos), errores de librerías, versionados PHP, errores de instalaciones y configuraciones de virtualizaciones de los VPS. En ese momento los VPS eran muy usados, así como las páginas web basadas en PHP.

También había muchos errores de facturación y otros provenientes de configuración. Responder de forma amable, sencilla y eficaz a problemas complejos —que no siempre entendían los usuarios— era una forma bastante interesante de aprender a tratar a las personas.

"La satisfacción mental de aprender cosas nuevas nos permite sentirnos muy satisfechos con nuestra realidad."

Pasaron los meses, hasta que la situación país empeoró. Se robaron los cables de internet de la urbanización dejándonos desconectados nuevamente. Esto ocasionó una serie de problemas con mi trabajo: al no tener una buena conexión, se me dificultaba mantener la excelente atención.

Para remediarlo solía ir a trabajar a la casa de unos amigos que me brindaron el porche de su casa para establecer mi oficina: la familia Martínez, hasta el día de hoy más que una familia para mí. Al pasar las semanas, tarde o temprano, ellos también fueron víctimas del robo de cables y terminaron sin tener internet.

En ese tiempo, caminaba una hora para llegar a un centro comercial, trabajar todo el día y volver caminando a casa. Lo hacía casi a diario. Porque aunque todo a mi alrededor se derrumbara, había una frase que me repetía sin descanso: haz que valga la pena.

"Cada paso de regreso a casa era la prueba de que cada reto superado te eleva el estándar de lo que eres capaz de soportar."
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IX

Valencia y Codembody

Mudarse, aprender, emprender

La empresa de Ramphy, HostingSSI, y su familia, fueron muy buenas conmigo. Con el tiempo me brindaron la oportunidad de irme a Valencia a trabajar con ellos y la acepté.

El día que me fui al terminal, dentro de mi bolso había un escrito de mi mamá. No recuerdo muy bien lo que decía, pero recuerdo que lloré al leerlo. Ella creía mucho en mí, y era la primera vez que nos separábamos hasta no se sabe cuándo.

Mi acogida en Valencia fue muy buena. Entre buenos sabores y malos, me tocó aprender bastante: lidiar con otro tipo de personas, no estar con mi familia y, sobre todo, conocer la forma de pensar de los demás. Me las arreglé y mi personalidad mejoró mucho. La familia de Ramphy, sobre todo la mamá, me trató como un hijo. Es una mujer extraordinaria. Hasta el día de hoy le desearé lo mejor.


El tiempo me hizo comenzar con la tarea de abrir nuestro pequeño emprendimiento. Con un viejo amigo de la universidad —una de las personas más increíbles e inteligentes que he conocido, Juan Hernández— comenzamos con lo que sería Codembody, una pequeña empresa para desarrollarles tecnologías a clientes.

Comenzamos con HostingSSI, que requería algunas mejoras a nivel de tecnología para evitar largos procesos manuales, sobre todo en el tema cambiario. Nos permitió saber de Proxmox, gestión de proyectos, configuraciones y flujos de trabajo.

Juan no era programador en ese momento, ni yo. Así que prácticamente nos tocó la tarea de ir aprendiendo fundamentos de desarrollo. Sin duda, Juan aprendió absolutamente rápido, y en unos meses ya era muy bueno en su trabajo. Eso nos permitió llegar a otros proyectos, como THT, entre otros.

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X

Vuelta a Punto Fijo

Codembody crece

Así que me regresé a Punto Fijo, con suficiente dinero para comprar una comida y endeudarme por tener internet en mi casa. Un internet muy malo, pero era mejor que nada y lo único que necesitaba para salir adelante.

Al principio no tenía muchos clientes. Por cosa del destino me dediqué a escribirle a la mayor cantidad de personas posibles en LinkedIn y, al mismo tiempo, por giros del destino, una de las personas que más me ha apoyado —Eduardo Meléndez, hoy CEO de UffAgency y seguramente un gran empresario— renunció a su empresa, así que dispuso de sus oportunidades de clientes que necesitaba Codembody para crecer.

Muchas de ellas fueron páginas web muy fuertes.


Aprendimos completamente a dominar distintos tipos de e-commerce, WordPress: a instalar plugins, reparar WordPress dañados, construir elementos, configurar tiendas, procesadores de pago, entre otras.

También llegaron oportunidades de programación más avanzada: creación de plugins, configuraciones propias, diseños de software personalizados para empresas de paquetería y de envío de cargas que hasta ahora son usadas por múltiples usuarios; así como la programación de aplicaciones móviles para Apple y Google.

Cada oportunidad ha elevado nuestro conocimiento. Con el tiempo le fui agarrando más pasión a la programación, y no tanto al ámbito de gestión de negocio. Me aboqué a la tarea de aprender a programar, no solo quedarme con el conocimiento técnico de DevOps ni de infraestructura, sino también ser capaz de construir tecnología desde cero.

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XI

Nuevo Día y Psicovital

Cuando el trabajo deja huella

Para resumir algunos de los logros que más me marcaron:

Desarrollé un software para una de las plataformas de logística con un buen crecimiento en Estados Unidos. Con otra empresa, hicimos también el desarrollo de un software para el manejo de paquetería, pero esta vez en España. Desplegamos una criptomoneda/NFT para un cliente de arte de Estados Unidos, logrando una recaudación de 25.000 dólares en tan solo unas horas. Y generamos beneficios para un buen número de e-commerces alrededor del mundo.


Uno de los proyectos más interesantes en los que logré ser parte fue la reconstrucción del medio informativo Nuevo Día. Tomamos una página web debilitada, que no superaba los 4 mil usuarios al mes, y la volvimos uno de los medios más impactantes a nivel nacional, con más de 4 millones de visualizaciones al mes en menos de unos meses, hasta la muerte de Oswaldo García, su sueño.

Lo volvimos un medio muy rentable a nivel de página web, súper óptimo a nivel de servidores y base de datos, hasta el punto que un servidor muy barato era capaz de mantener tanta demanda recurrente, con picos máximos de 15 mil usuarios cada 30 minutos. Una web en WordPress con distintas tecnologías que permitía usar el caché al máximo.

El fallecimiento de Oswaldo fue bastante triste. Lo conocí, a pesar de su edad avanzada, como un hombre fuerte, deportista y con una vibra muy buena. Lo daba todo por su negocio, por su familia y por Nuevo Día. Diariamente teníamos conversaciones, y por algunos meses nos vimos semanalmente. Incluso me brindó un espacio en Nuevo Día, aunque siempre preferí trabajar desde mi casa.

El día de su velorio, recuerdo que se me salieron las lágrimas al recordar su pérdida. Y al pasar por las oficinas de ND no pude evitar llorar; casualmente, ese día también llovió, cosa que es casi imposible en Punto Fijo, con uno de los índices pluviales más bajos del mundo. Llueve de milagro. Creo que fue la primera vez que el fallecimiento de alguien me había pegado tanto. Por alguna razón, los clientes de mi negocio tiendo a hacerlos muy amigos míos.

"Llueve de milagro."

Entre los otros proyectos muy grandes que he logrado trabajar ha sido la recuperación y puesta en marcha de Psicovital, una plataforma de psicología online que también ha impactado de forma positiva a cientos de personas: con más de 9.000 registros y más de 3.000 sesiones psicológicas realizadas.

Psicovital ha sido un proyecto en el que coloqué el corazón para hacerlo realidad. En él creamos una infraestructura digital, basada en una aplicación móvil para Android y iOS. Rescatamos un proyecto que tenía problemas con sus implementadores pasados: muchas demoras, un gran riesgo en sus implementadores y más de dos años de inversión sin salir al mercado. Lo logramos rescatar.

Tengo la esperanza de que con el tiempo Psicovital se convierta en uno de los proyectos más impactantes del mundo. Psicovital también me permitió conocer a Leonard McLeod, un líder extraordinario, bastante abocado a su trabajo y a su deseo de impactar al mundo de forma positiva. Una persona que ha aprendido a controlarse, a asumir el riesgo que requiere emprender en una etapa temprana, y básicamente a ser parte de las personas que quieren aportar un valor significativo a la humanidad.

7, 8, 9, 10... hasta más de 50 proyectos llevo ejecutados, sin considerar los proyectos propios y microproyectos. He realizado actualmente muchos proyectos de inteligencia artificial para distintas compañías; algunos todavía no han logrado resultados, otros apenas los están usando. Pero lo impactante de esto es el aprendizaje obtenido para cada uno de ellos: no hay mejor forma de aprender que dedicarse.

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XII

Mi familia invisible

Y el primer medio tiempo

Hoy, la tecnología me ha dado algo que nunca calculé: una familia invisible. He conocido personas extraordinarias sin las que no sería quien soy.

Juan Hernández. Tahel Romero —a quien jamás he visto en persona pero que confió en mí desde el primer instante—. Clientes que se volvieron cómplices de buenos éxitos como TuCarritofoods, GoldStars, NextCargo. Con sus equipos hemos construido software que todavía está vivo, resolviendo problemas reales cada día. Eduardo Meléndez y Luis Tremont son mucho más que aliados: hemos conformado una familia.

He tenido el honor de ser parte de proyectos que me hicieron crecer a fuerza de madrugadas. Si pudiera medir a cuántas personas ha llegado todo este trabajo, diría que ya son más de cinco millones. Y voy por más.


Oscar Barajas, el mejor profesor que conocí en Platzi, me regaló la experiencia de conocer a un desarrollador de alto nivel —y que me comente que voy bien lo cambia todo—. La certeza de que, sin haber estudiado la carrera, podía tener un conocimiento sólido, profundo y real.

Con el tiempo entendí que la tecnología paga, sí, pero sobre todo impacta. Escogí el camino correcto.

"La tecnología paga, sí, pero sobre todo impacta."

A esto lo llamo mi primer medio tiempo. A los treinta años se cierra una etapa y empieza la verdadera ronda. Desarrollaré tecnología, impactaré al mundo de forma positiva. Con tu ayuda, Dios, con el apoyo de cada persona que ha creído en mí, sé que sí. Y al menos haré que valga la pena.

En mis noches más largas, cuando solo queda el código y el silencio, la música de Alan Walker me ha sostenido como un himno privado. Ojalá mi trabajo siempre suene así.

Las cosas han cambiado mucho. Ahora sí pienso que sería muy posible que dentro de algunos años nuestra interacción más habitual, profunda y cercana sea con un programa de computadora.

Coda

Haz que

valga la pena.

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